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indio solari

El Delito Americano

Vemos el vinagre que brota del culo y se deposita en una servilleta pringosa. Miserias a que nos tienen acostumbrados los ojos. Y un abanico desconsolado de clientes sosteniendo modernos globos de feria. Pesados, con el triperío lleno. Y chicos contentos de que les cuelgue y zigzaguee. ¡Que lujo! Puliéndose la “jeringa” con dos dedos. Temerosos de la cremallera del pantalón leopardo. Lavándose el cuerito. Quitándose el olor rancio que dejó la cloaca del camarero. El del culito de neón encendido, subrayado con una anchoa. El colega inoxidable que propone caminar pesado. El de los porros y la pistola de cocaína para romper todo. El que lía el chocolate sonámbulo y golpea al camarero de estúpida risa de conejo. Ninfas que esnifan con la barriga inflada como un calamar.
Como un instrumento más de la extravagancia, el palco enfrenta a una multitud quieta como un grabado. Fantasmas miserables parecidos a jovencitos, soplan flautas panzonas como pipas de opio. Trombas jorobadas y columnas de tambores son ejecutadas por niños emocionalmente quebrados y enfundados en gabanes. Muñequitas greñosas y castañuelas desesperadas. Caprichos infantiles ciegos por la droga. Silbidos revueltos, estridentes, de frases telescópicas arrancados a la agonía del siglo. Guitarras húmedas de fiebre y delirio alzando el anfiteatro en el aire con estruendos rabiosos. Música epiléptica, lacerante. Concertantes de mirada feroz. Payasitos pálidos mirando el espacio íntimo con sus pupilas muertas. Un drama musical apropiado para este mundo. La pobrecita del Paraíso, la manzana de corazón mordido, gira en silencio acercándose al núcleo del remolino. Va a perderse ahogándose en esa negra abertura. ¡Pobre manzanita civilizada! Hay Carnaval en el Máximo Cielo y allí va hacia el abismo la ingenua fruta, cargando los secretos del suicidio en la huronera de Occidente. No hemos salido del bosque aún y ya estamos dando gracias. Caminamos agotados mirando el zig-zag luminoso de los proyectables en el cielo. Las cejas cargadas de espuma vegetal, el olor de la tierra en un vapor metálico penetra las narices y nuestra musculatura se moja en un jarabe pálido de hierbas podridas. Linternas poderosas barren el valle buscándonos. Nos detenemos a mirar las llamaradas que azotan el horizonte. El regreso de la patrulla, una y otra vez… El estratega traza el mapa con buen ritmo. En su video se cortan paralelos y meridianos. Contempla la telaraña en que han caído sus hombres. Los imagina con el agua a la cintura o en las colinas atenazadas por el enemigo, volando en explosiones coloridas y cayendo pedazo a pedazo. Y ve también a los que esperan para explotar maldiciendo su nombre en el incómodo inflable de la enfermería de campaña. Escucha a sus hombres, sordos por el estruendo, diciendo sus oraciones cuando un globo de calor los interrumpe para cortarles un nervio. Los técnicos redujeron la gira de la burbuja de gas en el frente. El “material coreano” recorrió los equipos protectores de potasio yodado. Nuestra tropa se ha vuelto cruel. No voy a entrar en detalles. Durante la tregua nocturna, el primer teniente me contó que su bisabuelo fue fusilado aquí en Dublín, en una plaza. Me soltó también que la idea toda del ataque es tan descabellada que solo un borracho destruido como él pudo estar de acuerdo en arriesgar sus hombres. Todo mientras subía al coche de la Agencia Gubernamental y partía custodiado por una tanqueta cerebrada japonesa. Lo veía alejarse por el camino que corre entre las dunas cuando la altura se iluminó. Un pequeño gesto enemigo bajo del cielo. Como un rayo cayó sobre el grupo. Los vehículos estallaron como uvas y un velo denso y amarillo nos separó por un momento. Luego, nada en absoluto, ninguna señal… El cielo se ha transformado en un papel metálico donde las voces se mezclan en órdenes y gritos sordos. Los camiones se alinean en los muelles. Puntos de acetileno cegadores acompañan el sonido de las sirenas y las maldiciones de los oficiales. Los radioespejos vibran luminosos y los infantes inundan los hangares acomodándose como mercancía. La casa rodante del comando es lo único inmóvil. Pintarrajeada y silenciosa entre todo el hormigueo. Adentro el tiempo se ha rasgado para el joven comandante y un temor desconocido brilla como una navaja en su cerebro. Sus pómulos están duros como tablas. Se pone de rodillas lentamente y se afloja los correajes. Se quita el traje-frío arrastrando la respiración. Un minuto más… los párpados apenas se resisten. Ya no duele cuando estallan sus músculos abdominales y se muere hirviendo. Por la ventana llegan los gritos de sus hombres, aprestándose, excitando sus perros de combate. Picándolos con palos para que aúllen sin cesar.
El Indio Solari

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